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La Sultana olvidada que venció al rey de Francia

28 oct 2025
4 min de lectura

La historia de Shajar al-Durr está llena de singularidades. No solo fue la única mujer que gobernó Egipto en más de trece siglos, desde la muerte de Cleopatra VII, ni únicamente por haber sido soberana de un reino musulmán en plena Edad Media —una situación inconcebible tanto en la región como en la época—. Que, además, fuera de origen esclavo y que su historia comenzase como concubina es quizá el rasgo más sorprendente de su ascenso al poder, pues desafió las estructuras sociales y políticas de su tiempo y, tal vez, de toda la historia hasta nuestros días.


El origen de Shajar al-Durr no está del todo claro; se estima que nació en el primer cuarto del siglo XIII y que era de origen kipchak, un pueblo túrquico. Lo que sí ha quedado registrado es que fue vendida como esclava cuando era una niña de ocho años en lo que hoy es Siria. Su comprador fue Al-Salih Ayyub, miembro de la dinastía ayubí fundada por el célebre Saladino en 1171. En su momento de máxima expansión, la dinastía ayubí gobernaba —tomando como referencia las fronteras contemporáneas— territorios que hoy corresponden a Túnez, Libia, Egipto, Palestina, Jordania, Siria, Líbano, Irak, Irán, Turquía, Arabia Saudita y Yemen. Este período histórico se considera parte de la Edad de Oro del islam, debido a los avances en ciencia, artes, arquitectura, literatura, navegación, agricultura y otras disciplinas que impulsaron notablemente el desarrollo humano. Entre las invenciones de la época figuran el champú, la cerradura de combinación, las vidrieras de colores, la pluma estilográfica y el molino de viento, muchos de los cuales seguimos utilizando hoy en día.


Mapa de la extensión territorial de la dinastía ayubí (1174-1250)
Mapa de la extensión territorial de la dinastía ayubí (1174-1250)

En 1239, Al-Salih fue emir de Damasco, pero sus ambiciones iban más allá y utilizó su nuevo puesto para conquistar el sultanato de Egipto, entonces en manos de su hermano. En 1240, cuando se preparaba para invadir Egipto, recibió la noticia de que su hermano había sido capturado por sus propios soldados y estaba prisionero. Al mismo tiempo, se le invitó a trasladarse a Egipto y asumir el sultanato. Mientras viajaba hacia El Cairo, su tío, Al-Salih Ismail, lo traicionó y tomó Damasco en su ausencia, creando así una enemistad que jamás se repararía.


El nuevo sultán de Egipto compró a Shajar al-Durr para que ocupase un lugar en su harén, en calidad de concubina. Su llegada al trono de El Cairo fue precipitada por un golpe de Estado contra su medio hermano, que había demostrado poca capacidad de gestión. Consciente de su precaria situación, el nuevo sultán decidió rodearse de un gran número de esclavos extranjeros del pueblo kipchak —que pasarían a la historia como los mamelucos— para reforzar su poder.


Poco después de llegar a Egipto, Shajar al-Durr dio a luz a un hijo de Al-Salih, que murió poco después del parto, y ambos terminaron casándose. En la década que siguió, hasta 1249, los asuntos de Estado no le fueron ajenos; consolidó una buena relación con los generales mamelucos. En el plano político-militar, el sultanato de Egipto afrontaba varios frentes bélicos, uno interno que acabaría sumando otro externo. Por un lado, Al-Salih declaró la guerra a su tío Ismail, emir de Damasco, quien —temiendo la venganza por arrebatarle el emirato en 1239— se alió con los templarios.


Miniatura medieval que representa la captura de Luis IX por los ayubíes en abril de 1250.
Miniatura medieval que representa la captura de Luis IX por los ayubíes en abril de 1250.

Al-Salih y sus tropas frustraron en Gaza la invasión de Egipto lanzada por su tío Ismail, aliado con los templarios, tras un duro enfrentamiento entre ambos bandos. La guerra se extendió por toda la región del extremo oriental del Mediterráneo, lo que llevó a la convocatoria de la Séptima Cruzada en 1248, tras el saqueo de Jerusalén. En esta cruzada se implicaron especialmente los reinos de Francia y Navarra, hasta el punto de que el rey Luis IX de Francia fue hecho prisionero en 1250.


Mientras proseguían los conflictos, Al-Salih cayó gravemente enfermo de tuberculosis en 1249, y en este punto volvió a entrar en escena Shajar al-Durr. En el momento en que Al-Salih quedó inhabilitado, la ciudad de Damieta, situada a las puertas de El Cairo, había sido tomada por Luis IX, quien se disponía a seguir avanzando. La noticia de que el sultán estaba enfermo —y posteriormente muerto— podía minar la moral de las tropas egipcias, así que Shajar al-Durr mantuvo la ficción de que el sultán seguía con vida. Durante semanas, emitió decretos, coordinó la guerra y gobernó en su nombre. Finalmente, una combinación de suerte, escasa preparación y poco conocimiento del terreno provocó el colapso del frente de Luis IX. Las crecidas del Nilo sorprendieron a los cruzados, que además fueron víctimas de enfermedades, lo que hizo imparable la ofensiva egipcia. Luis IX y muchos de sus hombres fueron hechos prisioneros por la ya sultana Shajar al-Durr, quien se apoyó en los mamelucos para asegurarse el poder.


Ilustración de Shajar al-Durr
Ilustración de Shajar al-Durr

La sultana, que recibió títulos como Reina de los musulmanes (Malikat al-Muslimin), negoció la liberación del monarca cautivo a cambio de un rescate equivalente a aproximadamente un tercio del producto interior bruto de Francia de la época, pagado en monedas. Gracias a esa inyección de riqueza, ordenó la construcción de mausoleos y mezquitas —incluida la que acogería sus propios restos— que combinaban la estética ayubí con innovaciones mamelucas. Pese a que su reinado efectivo fue muy breve, de apenas ochenta días, pues se vio obligada a abdicar en favor de su nuevo esposo, el mameluco Aibek, su influencia se prolongó durante décadas. Con ella concluyó la dinastía ayubí y comenzó el sultanato mameluco, que perduraría hasta 1517.


El final de Shajar al-Durr fue trágico. El matrimonio político con Aibek no funcionó, ya que su verdadera finalidad era permitirle seguir gobernando bajo el aparente liderazgo de su esposo. En una sociedad patriarcal como la de la época, no era extraño que el gobernante oficial fuera menos capaz que su cónyuge. Sin embargo ese rol subalterno no encajaba muy bien con Aibek quien incluso se casó con una segunda esposa. Shajar al-Durr que vio como su poder desaparecía entre humillaciones públicas del hombre al que ella había hecho sultán. En consecuencia, mando a sus esclavos a matarle mientras Aibek se bañaba. Intentó escaparse de esta situación negando toda implicación pero no fue creída. Shajar al-Durr acabó sus días encerrada en una torre y finalmente asesinada a golpes por orden del hijo y heredero de Aibek. Hoy en día, su tumba se conserva en la mezquita de Ibn Tulun y está reconocida como una de las obras más destacadas de la arquitectura funeraria islámica.

2 comentarios

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Puede que en Egipto este personaje sea la prueba de muchos islamistas para demostrar que la mujer islámica no ha estado tan marginada como se dice. En España se argumentan esas cosas con la figura de Isabel la Católica.

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Pablo Díaz Gayoso
Pablo Díaz Gayoso
01 nov 2025
Contestando a

A Shajar al Durr se la percibe como la persona correcta en el momento más dificil. En la época las mujeres musulmanas no es que tuvieran demasiados derechos, sin embargo podían dirigir negocios y ser propietarias.

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