How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb
¿Cómo se puede impedir que un país se haga con la bomba atómica? La respuesta a esta pregunta sigue sin estar clara incluso hoy, 80 años después de Hiroshima y Nagasaki. A lo largo del siglo XX y XXI se han firmado tratados como el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en 1968, así como acuerdos de reducción de arsenales entre las grandes potencias, como START I (1991) y New START (2010). También se han establecido controles estrictos sobre el acceso al uranio enriquecido y al plutonio, supervisados por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

Sin embargo, pese a estas medidas, la lista de países con capacidad nuclear no ha dejado de crecer, ya sea dentro o fuera del marco del TNP. Los últimos en hacerse con el arma definitiva fueron Pakistán en 1998 y Corea del Norte desde 2006. Ahora, la posibilidad de que la República Islámica de Irán pueda desarrollar un arsenal nuclear está generando una tensión que amenaza con desembocar en un conflicto de consecuencias catastróficas para la región y, por extensión, para la economía mundial.
No obstante, Irán no es el único país que aspira a tener capacidades nucleares. El verdadero polvorín futuro se encuentra en la región de Asia‑Pacífico. Aún no es lodo, pero los polvos se están humedeciendo. La disparidad estratégica en la península de Corea está generando una profunda ansiedad en la mitad sur, mientras que Japón y Corea del Sur, ambos bajo el paraguas nuclear estadounidense, mantienen debates internos cada vez más explícitos sobre la posibilidad de desarrollar capacidades propias ante la creciente agresividad de China y la imprevisibilidad norcoreana, como vimos en Como Corea puede tener la bomba.
Táper nuclear para los saudíes
De las tres opciones que vimos en el artículo antes mencionado, siendo estas, 1. Desarrollar el arma nuclear, 2. Táper nuclear y 3. Corea (ahora Arabia) Occidental, parece que la Casa Blanca ha optado por la segunda. Cita:
"...Consiste en que Corea del Sur (Arabia Saudita) desarrolle su propio programa nuclear, pero lo deje incompleto por un margen mínimo. La idea subyacente es que el país no construya el arma nuclear completa, pero que tenga la capacidad de hacerlo en pocas semanas o días. Con esta estrategia, Pyongyang (Teherán)podría incluir en su cálculo estratégico la posibilidad de que Seúl (Riad) posea el arma nuclear sin tenerla desarrollada por completo. El temor a que Corea del Sur ante un eventual cruce de una línea roja, complete su arsenal podría funcionar como un incentivo disuasorio suficiente."
La Administración Trump está dando señales de cómo podría lucir el mundo tras una eventual derrota de Irán. El pasado 23 de julio, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, y el ministro de Energía saudí, el príncipe Abdulaziz bin Salman, firmaron el llamado “Acuerdo 123” de cooperación nuclear con fines pacíficos, acompañado de un acuerdo bilateral de salvaguardias que lo complementa.

Este tipo de acuerdos, regulados por la Sección 123 de la Ley de Energía Atómica de EEUU, establecen el marco legal para que Washington pueda compartir tecnología nuclear civil con otros países, siempre bajo estrictas condiciones de no proliferación y supervisión del OIEA. Aunque formalmente se presentan como instrumentos para el desarrollo de energía nuclear civil, en la práctica tienen profundas implicaciones estratégicas, especialmente cuando se firman con Estados que buscan equilibrar el poder regional frente a Irán.
Ante la posibilidad de una República Islámica chií con capacidad nuclear, la reacción casi automática sería una monarquía suní igualmente nuclear. Aunque el acuerdo especifica su carácter estrictamente civil y menciona “fuertes controles”, el mensaje político es claro: si Irán cruza el umbral nuclear, Arabia Saudí quiere estar en posición de seguirlo inmediatamente.
En otras palabras, el Acuerdo 123 no convierte a Arabia Saudí en una potencia nuclear, pero sí abre la puerta a un escenario de proliferación reactiva en Oriente Medio, donde la rivalidad sectaria y geopolítica entre Teherán y Riad podría trasladarse al terreno más peligroso de todos: el de la disuasión atómica.
La relación entre las petromonarquías del Golfo Pérsico y el régimen revolucionario iraní siempre ha sido tensa, cuando no abiertamente hostil. Esta ojeriza trasciende el clásico conflicto suní‑chií: su raíz es más profunda y está vinculada al temor estructural que las monarquías tribales del Golfo, gobernadas por clanes familiares con un control patrimonial del Estado, sienten ante la posibilidad de un efecto contagio revolucionario procedente de Irán.

Desde 1979, la República Islámica ha representado para ellas no solo un rival geopolítico, sino un modelo político antitético: un sistema que derrocó a una monarquía, movilizó a las masas y articuló un discurso de legitimidad basado en la revolución, la justicia social y la resistencia frente a Occidente. Para los regímenes del Golfo, cuya estabilidad depende de la continuidad dinástica y del reparto de rentas de los hidrocarburos, la amenaza revolucionaria es real. En cualquier momento, si no son capaces de mantener la paz social puede estallar una serie de conflictos similares a las revueltas árabes de 2011.
Toca aprender a amar a la Bomba
En 1964, al calor aún tibio de la crisis de los misiles de Cuba de 1962, el director de cine Stanley Kubrick estrenó Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, traducida en España, con la sutileza habitual, como ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. La película retrata una situación que, para la época, resultaba bastante verosímil: Estados Unidos ordena un ataque nuclear contra la Unión Soviética por la acción de versos libres, desencadenando una cadena de decisiones absurdas, burocráticas y paranoicas que conducen al apocalipsis.

Kubrick no exageraba tanto como podría parecer hoy. En plena Guerra Fría, la posibilidad de un lanzamiento accidental, una mala interpretación de señales de radar o un fallo en la cadena de mando era un temor real dentro de los círculos militares y estratégicos. La película, en clave de humor negro, funcionaba como una crítica a la lógica de la disuasión nuclear y a la fragilidad del sistema que pretendía evitar precisamente aquello que podía destruir el mundo.
La situación degenera tanto que se cumple el titulo de la película (en inglés) de Cómo aprendí a dejar de preocuparme y a amar la bomba. Estados Unidos parece haber abrazado esa premisa. Ya ve inevitable la nuclearización del régimen de los Ayatolas y ha decidido confiar en que sus "aliados" puedan hacerse con la propia.
Este nuevo escenario puede romper con la doctrina de la paz nuclear. Esta premisa descansa en la certeza de la destrucción mutua asegurada: si una guerra nuclear desencadena el fin de la humanidad, nadie en su sano juicio iniciará un conflicto con una potencia nuclear. Durante la Guerra Fría, esta lógica fue puesta a prueba y, en términos generales, funcionó. Pero funcionó porque el poder nuclear estaba concentrado en muy pocas manos, con cadenas de mando relativamente estables y sistemas de control altamente centralizados.

Si ahora entramos en una carrera por la búsqueda activa de la paridad nuclear, el terreno cambia por completo. La disuasión deja de ser un equilibrio entre dos superpotencias y pasa a convertirse en un ecosistema fragmentado, con múltiples actores, rivalidades regionales, tensiones sectarias y gobiernos con estructuras de mando mucho menos robustas que las de Washington y Moscú en 1962.
En un mundo donde cada Estado percibe que necesita su propio arsenal nuclear para garantizar su seguridad, la doctrina de la paz nuclear se debilita. La proliferación reactiva, la multiplicación de arsenales incompletos pero activables y la entrada de más actores nucleares nos empujan hacia un entorno inexplorado y mucho más inestable, donde la disuasión ya no esta garantizada, sino un cálculo incierto lleno de incentivos peligrosos.











En el articulo se dice que la OEIA supervisará el acuerdo ¿Trump sí confía en la OEIA? ¿No quiere debilitarla como al resto de organismos internacionales?