Homo totalitarius
El mundo en el que vivimos se construyó sobre los grandes traumas del siglo XX, y la enciclopedia de esos traumas está compuesta en gran medida por las consecuencias del totalitarismo. No se puede entender ni la Unión Soviética ni la Alemania nazi sin un trabajo previo destinado a crear las condiciones que permitieran que la semilla totalitaria germinara y diera sus frutos. A continuación veremos cómo fue posible llegar a ese punto de ebullición totalitario.
La anatomía de un régimen totalitario
La ideología totalitaria no es patrimonio de una corriente política concreta: puede darse tanto en la izquierda como en la derecha, porque trasciende cualquier sistema de valores preconcebido. Un régimen totalitario se caracteriza no por el monopolio de la violencia por parte del Estado, como a menudo se confunde, sino por el monopolio de la violencia por parte de un grupo que parasita al Estado. Tanto en la Unión Soviética como en la Alemania nazi o en la China de Mao, el poder no residía en las estructuras estatales, sino en el Partido y en sus milicias paramilitares leales.

El Estado liberal no es solo un sujeto político con reconocimiento internacional que ejerce el monopolio legítimo de la violencia; es también una estructura basada en reglas estandarizadas, un corpus jurídico que protege las libertades individuales, un cuerpo de funcionarios que vela por la imparcialidad de la acción pública y una división de poderes que garantiza un sistema de responsabilidad mediante contrapesos. En el Estado totalitario nada de eso existe.
En el Estado totalitario la seguridad jurídica brilla por su ausencia: el uso del terror como divisa es la única certeza. El control social desempeña un papel esencial y se sostiene en el uso discrecional de la fuerza. Las estructuras del Estado quedan anuladas o sometidas al Partido a través de su particular guardia pretoriana. Esa fuerza paramilitar e ideológica fagocita todos los ámbitos de la sociedad. La judicatura, los medios de comunicación, el sindicalismo, la religión, el parlamento, la economía… el control es total.
El mayor enemigo del totalitarismo no es la democracia, sino el pluralismo. Esa diversidad, por su propia naturaleza, antagoniza con el poder único que el totalitario pretende ejercer. Por esa razón no podemos afirmar que la Italia fascista de Mussolini fuese un sistema totalitario, por mucho que el Duce lo intentara una y otra vez. En palabras de Goebbels: “El fascismo no es lo mismo que el nacionalsocialismo. Mientras que este penetra hasta las raíces, el fascismo es solo algo superficial. (…) El Duce no es un revolucionario como el Führer o como Stalin. Se halla tan ligado al pueblo italiano que carece de las amplias cualidades del revolucionario” (The Goebbels Diaries, 1942–1943). Más allá del conocido desprecio nazi hacia los fascistas italianos, lo cierto es que Mussolini no pudo crear el Estado total porque los fascistas nunca llegaron a controlar completamente Italia. En 1929 firmó con la Iglesia los Pactos de Letrán, en los que, además de reconocer la Santa Sede como Estado y restablecer relaciones diplomáticas (rotas desde 1870), permitía a la Iglesia ejercer la enseñanza en los colegios italianos.
En un ámbito tan esencial como la formación de los italianos, la influencia no recaía exclusivamente en las autoridades fascistas, sino que la Iglesia mantenía un papel decisivo. Además, seguían existiendo la autoridad, mermada, pero rea, del rey Víctor Manuel III y el peso institucional del ejército. El totalitario no comparte el poder y busca activamente controlar cada aspecto de la sociedad. Su estructura descansa en un Líder, un Partido, una ideología convertida en religión civil y una versión oficial de los hechos; todo lo demás queda anulado o absorbido.
A diferencia de los regímenes autoritarios, que buscan desactivar a la sociedad y reducirla a la pasividad, los sistemas totalitarios no quieren una ciudadanía quieta, que piense demasiado: la movilización constante es vital. Ofrecen una cosmovisión completa que, mediante la propaganda, la demostración de fuerza y la exigencia de una afiliación rigurosa al movimiento, busca convertir a la sociedad en un cuerpo homogéneo, vigilante y permanentemente activo.

Para garantizar el control, el totalitarismo profundiza hasta el extremo la dicotomía amigo‑enemigo. El enemigo puede ser el judío, el “contrarrevolucionario”, el “trotskista”, el socialdemócrata, el masón o, en definitiva, cualquier minoría o colectivo que pueda ser convertido en víctima propiciatoria. La lógica es siempre la misma: identificar un grupo, atribuirle la causa de todos los males y convertirlo en objetivo de la movilización permanente.
Como ilustra un diálogo satírico que incluye Hannah Arendt en Los Orígenes del Totalitarismo:
“¡La Gran Guerra la provocaron los judíos!”
– “Tienes razón: los judíos y los ciclistas.”
“¿Los ciclistas?”
– “¿Los judíos?”
La masa totalitaria
Construir una sociedad totalitaria no es una labor que los totalitarios puedan realizar de un día para otro. Es necesario destruir previamente las bases que sostenían al sistema plural anterior. Para esta tarea, Hitler heredó un terreno abonado por la crisis de la República de Weimar, mientras que Stalin culminó la labor iniciada por Lenin en la destrucción del orden social y político previo.
El hombre‑masa se compone de una clase social desclasada que, a causa de una grave crisis económica, social y moral, deja de pertenecer a la clase a la que pertenecía en el periodo anterior. Esa pérdida de identidad, que en la Alemania de entreguerras afectó a veteranos mutilados, marginados y culpados de la situación catastrófica del país, así como a una masa de personas inicialmente indiferentes a la política, y aisladas socialmente, encontró en los discursos tabernarios de Adolf Hitler un sentido de pertenencia y una explicación totalizante del mundo. El auge de los partidos antisistémicos, como los comunistas y los fascistas, se explica en parte por el crecimiento exponencial de esa masa de individuos a los que las estructuras tradicionales de participación política, siendo esta los partidos, sindicatos, asociaciones religiosas, no supieron o no quisieron integrar.

Este momento cristalizó el fracaso del sistema partidista liberal en la Europa de principios de siglo, en un contexto en el que la democracia aún gateaba. Los partidos políticos, herederos del sufragio censitario y del sistema de élites del siglo XIX, no lograron conectar con las nuevas masas empoderadas. Ante este desequilibrio, se abrieron paso dos opciones: por un lado, el movimiento anarquista, que en España llegó a reunir más de un millón y medio de afiliados en la CNT; por otro, los partidos antisistema como los comunistas y los fascistas. El caladero de votos que obtuvieron procedía de quienes habían sido abandonados por el sistema. La movilización de ese segmento desclasado y creciente de la sociedad, apartidista, aparentemente neutral ante los asuntos público, propició la destrucción del orden liberal y el surgimiento de los regímenes totalitarios.
Una vez se ofreció un motivo y un sentimiento de pertenencia grupal, a los hombres‑masa se les proporcionó una explicación totalizante de las razones de su situación. Se combinaron dos estrategias: la primera consistió en señalar a una víctima propiciatoria; la segunda, en construir una utopía. La víctima propiciatoria, como vimos anteriormente, fueron los judíos en la Alemania nazi, los kulaks en la Unión Soviética, los intelectuales burgueses en la Camboya de los Jemeres Rojos, los “trotskistas” o cualquier otro colectivo convertido en blanco del odio movilizador.
Por otro lado, la utopía se diseñó para garantizar la obediencia del grupo. Puede que la situación presente siguiera siendo mala, pero ya se sabe que “Roma no se construyó en un día” y el Führer había planificado un Reich de mil años. ¿Qué importaban las penurias del presente si el paraíso estaba a la vuelta de la esquina? Y cuando ese paraíso no terminaba de llegar, la culpa recaía en la víctima propiciatoria, en la supuesta falta de compromiso y fe del individuo, en fuerzas contrarevolucionarias infiltradas, etc.

La sociedad totalitaria funciona como una sociedad secreta, nadie sabe quien es de fiar y todos controlan a todos. Como se vio en Formas de entender del poder el Panóptico de Bentham funciona a la perfección en el ejemplo totalitario: "En esta situación la sensación de constante vigilancia hace que todos los sujetos trabajen de forma automática por el temor a ser pillado haciendo algo indebido".
Este sistema alcanzó uno de sus niveles más perfeccionados en la República Democrática Alemana (1949–1990). Bajo el mando de la Stasi se creó una amplísima red de espionaje ciudadano. En 1989 la Stasi contaba con unos 91.000 empleados a tiempo completo y entre 173.000 y 189.000 colaboradores no oficiales (IM, Inoffizielle Mitarbeiter), es decir, informantes que, voluntariamente o bajo presión, denunciaban la “mala conducta” de amigos, vecinos e incluso familiares.
Ese clima de tensión constante, en el que no puedes fiarte ni de tus familiares más cercanos, especialmente de los hijos educados en organizaciones juveniles del régimen, genera un estado de terror psicológico. Esta situación, sumada a la inseguridad jurídica explícita en el día a día, garantiza una lealtad indiscutida, incondicional e inalterable al régimen a nivel individual. Resistirse, incluso en el gesto más mínimo, al teatro totalitario puede convertirte en sospechoso y, por tanto, en enemigo del Estado.
El desprecio por la legalidad fue tal que Hitler nunca abolió formalmente la Constitución de Weimar (1919–1949), ni se molestó. Simplemente la dejó sin efecto mediante leyes de excepción, especialmente la Ley Habilitante de 1933, que le otorgó poderes dictatoriales. Lo único que valía era su palabra, y esta podía cambiar de la noche a la mañana.
En el caso de Stalin, la burla a la seguridad jurídica fue aún más evidente: promulgó la Constitución de 1936, presentada como “la más democrática del mundo”, y en los años siguientes purgó a muchos de sus redactores y a buena parte del aparato estatal, incluidos miembros del Comité Central y del propio Politburó. De igual forma al eliminar a las facciones dentro del Partido, eliminó también el contenido de la doctrina despojándola de cualquier debate que pudiera derivar a una facción nueva.
Conclusión
En definitiva, el homo totalitarius lo es en apariencia, en el cuerpo y en la mente: no deja hueco a nada más. Para que surja, es necesario que concurran una serie de circunstancias, como un evento disruptivo que destruya parte o toda la estructura social. Una masa de desclasados sin rumbo encuentra entonces su razón de ser en un grupo antisistema capaz de ofrecer cobijo, identidad y un culpable al que atribuir todos los males.
Las situaciones que se vivieron a lo largo del siglo XX riman con muchos de los fenómenos que estamos observando en lo que llevamos de siglo XXI. La crisis de 2008 actuó como detonante del surgimiento de una nueva clase social: los perdedores de la globalización. Esta categoría, transversal y heterogénea, no reproduce los rasgos violentos de la Alemania de entreguerras, pero sí generó un clima similar de desconcierto, desafección y búsqueda agresiva de culpables.

En este contexto, las víctimas propiciatorias de la nueva ola de hombre‑masa han sido, en muchos países, las poblaciones migrantes. En el caso de Estados Unidos, gran parte del discurso político ha señalado a migrantes hispanos como responsables de problemas económicos o de seguridad. En varios países europeos, ciertos partidos han dirigido su retórica contra poblaciones musulmanas, asociándolas injustamente con amenazas culturales o de seguridad. En Sudáfrica, episodios de violencia xenófoba encabezados por los zulúes han afectado a migrantes procedentes de Nigeria, Somalia, Kenia, Malawi, Lesoto o Zimbabue, el último de mayo de 2026.
Al mismo tiempo, se vive una crisis de representación en muchas democracias avanzadas: pérdida de confianza en los partidos tradicionales, debilitamiento de los vínculos entre ciudadanía e instituciones y ciudadanía-ciudadanía, y aumento de la polarización. Este terreno abonado ha facilitado el ascenso de opciones políticas más extremas, especialmente en el espectro de la derecha radical, que han sabido canalizar el malestar de sectores que se sienten abandonados o invisibilizados.











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