La trampa de Delos y el destino de las potencias medias
La Liga de Delos nació como una alianza de ciudades‑estado griegas para continuar la guerra contra el Imperio persa tras las victorias de Maratón (490 a. C.), Salamina (480 a. C.) y Platea (479 a. C.). Su fundación en el 478 a. C. respondió a la necesidad de mantener una defensa común frente a posibles represalias persas y de liberar a las ciudades jónicas aún bajo dominio aqueménida. Atenas asumió desde el inicio el liderazgo de la coalición, mientras que Esparta, tras retirarse del conflicto, no formó parte de la Liga.
Aunque Persia había incendiado y saqueado Atenas en 480 a. C. durante la segunda invasión, la retirada persa no significó el fin de la amenaza. La experiencia traumática reforzó la convicción ateniense de que solo una potencia naval fuerte y organizada podría impedir una nueva invasión. Atenas, que ya era la principal fuerza marítima de Grecia, canalizó esa energía hacia la consolidación de la Liga, cuyo tesoro se guardaba inicialmente en la isla de Delos.

En apenas medio siglo, la alianza defensiva se transformó en un instrumento de hegemonía ateniense. Atenas comenzó a imponer tributos, a reprimir militarmente las ciudades que intentaban abandonar la Liga (como Naxos o Tasos) y a utilizar los fondos comunes para proyectos propios, incluido el embellecimiento monumental de la ciudad (el Partenón y buena parte de la Acrópolis). El traslado del tesoro a Atenas en 454 a. C., ordenado por Pericles, simbolizó la conversión de la Liga en el Imperio ateniense.
Las ciudades más pequeñas quedaron subordinadas a la voluntad de Atenas, que ejercía un control cada vez más coercitivo. Esta acumulación de poder alimentó la tensión con Esparta y su bloque de aliados, hasta desembocar en la Guerra del Peloponeso (431–404 a. C.). Tras la derrota ateniense, la Liga de Delos fue disuelta y el llamado Imperio ateniense llegó a su fin.
La Liga del Atlántico Norte
En la actualidad, la Alianza Atlántica está adoptando dinámicas que algunos analistas comparan con ciertos patrones del mundo clásico. La Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, obra fundacional del pensamiento realista en relaciones internacionales, es citada con frecuencia para explicar cómo las transiciones de poder generan tensiones estructurales. Tucídides escribió que “fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”, una observación que hoy en día es recurrente a la hora de como advertir sobre los riesgos inherentes a la rivalidad entre una potencia emergente y una potencia establecida.
No obstante, rara vez se analiza cómo llegó Atenas a convertirse en una amenaza para Esparta, y es precisamente en esos pasos previos hacia el conflicto donde conviene centrar la atención para evitar repetir errores del pasado. La transformación de Atenas en una potencia hegemónica no fue súbita: fue el resultado de decisiones acumuladas, de una política exterior cada vez más coercitiva y de una gestión de alianzas que convirtió una coalición defensiva en un instrumento de dominación. La guerra no estalló por un único acto, sino por una secuencia de desequilibrios que Esparta interpretó como una amenaza existencial.

La Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, obra fundacional del realismo político, sigue siendo una advertencia vigente. Su célebre frase “fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra” no describe solo una dinámica militar, sino un patrón psicológico y estructural: cuando una potencia dominante percibe que su posición se erosiona, y cuando una potencia emergente actúa sin calibrar el impacto de su ascenso, el sistema internacional entra en una zona de riesgo. La estabilidad depende menos de la fuerza bruta que de la gestión prudente de las alianzas.
La Constelación de Potencias Medias
En la actualidad, la política de la Administración Trump hacia los aliados tradicionales de Estados Unidos, especialmente los representados en la OTAN, muestra rasgos que algunos analistas describen como extractivistas. La ambigüedad permanente sobre la continuidad de Estados Unidos en la alianza, junto con la amenaza explícita de no aplicar el Artículo 5 en caso de agresión a un Estado miembro, está generando un clima de incertidumbre estratégica. A corto plazo, Washington y la industria militar estadounidense están obteniendo beneficios: mayores compras de armamento, incremento del gasto en defensa y una dependencia reforzada de capacidades estadounidenses. Sin embargo, este enfoque corre el riesgo de socavar los pilares del poder estadounidense a largo plazo, que históricamente han descansado en alianzas estables, previsibles y basadas en confianza mutua.

Si la OTAN, y cualquier alianza futura que Estados Unidos pueda formalizar, pasa a depender de la volatilidad política interna de Washington y/o de una política estrictamente transaccional, su consistencia será comparable a la fluctuación del precio de una acción en el mercado bursátil: vulnerable a ciclos, shocks y cambios de humor. Las alianzas que se perciben como inestables tienden a erosionarse, y los aliados, ante la incertidumbre, buscan alternativas, diversifican dependencias o desarrollan capacidades autónomas. En este escenario entra en acción el primer ministro canadiense, Mark Carney.
Su propuesta consiste en fomentar la unión de las potencias medias (middle powers) para hacer frente a las amenazas que sufren los países que, en el actual sistema internacional, se encuentran “en el menú” de las superpotencias, Estados Unidos y China, o se sienten vulnerables ante potencias revisionistas y agresivas como Rusia. Una potencia media se define, en esencia, por una doble negativa: no aspira a convertirse en una gran potencia, pero tampoco es un actor irrelevante incapaz de impulsar su propia agenda. Se caracteriza por disponer de capacidad diplomática, económica y militar suficiente para influir en su entorno, aunque no para moldear el sistema internacional por sí sola. Ejemplos de ello son Canadá, Japón, Corea del Sur, Australia, Brasil o India, así como la Unión Europea entendida como actor colectivo.
La idea es articular una “Constelación de Potencias Medias”, una red de cooperación estratégica cuyo socorro mutuo pueda disuadir a los actores más agresivos de actuar. En un sistema internacional donde las superpotencias tienden a instrumentalizar a los estados intermedios, esta constelación funcionaría como un amortiguador geopolítico, capaz de reducir la vulnerabilidad de sus miembros y de elevar el coste de cualquier intento de coerción. En otras palabras, sería una suerte de Tercer Mundo 2.0, pero compuesto por países no alineados con un poder económico, político y militar muy superior al que caracterizó al Movimiento de Países No Alineados en la segunda mitad del siglo XX.
El pasado 16 de septiembre, durante el debate sobre el Estado de la Unión Europea (SOTEU), el primer ministro Carney acudió por invitación de la Comisión Europea y recibió con agrado la propuesta de la presidenta Von der Leyen de convertir a Canadá en el primer "Estado miembro asociado" de la Unión Europea. La iniciativa, que a la espera de conocer en mayor profundidad sus implicaciones, encaja plenamente en esta lógica: reforzar la cooperación estructural entre potencias medias para aumentar su resiliencia colectiva y reducir su dependencia estratégica respecto a las superpotencias.

La fortaleza interna de la OTAN ha sido directamente proporcional a la amenaza a la que se enfrentaba en cada época. Durante la Guerra Fría, la amenaza que presentaba la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia era tan grande que con sus tiranteces, se pudo mantener con las décadas y salir reforzada del conflicto. Asimismo, la necesidad de las alianzas griegas frente a la amenaza persa siguieron una lógica similar. No obstante estamos a tiempo de no (re)caer en los vicios pasados, de no caer en la trampa de Delos.











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