Cuac Cuac Donald
Cuando una superpotencia acostumbrada a monopolizar la atención mundial acude a las urnas, es lógico que el resto del planeta contenga la respiración y vuelva su mirada hacia ella. Más aún cuando se trata de Estados Unidos tras los dos últimos y desastrosos años de la presidencia de Donald Trump. El daño causado durante este periodo, tanto dentro de las fronteras estadounidenses como en el conjunto del sistema internacional, ha sido de una magnitud difícil de medir. No solo se han visto afectados los intereses estratégicos y económicos del país, sino también su credibilidad, su capacidad de liderazgo y la confianza que aliados y socios depositaban en Washington como garante de la estabilidad global.

Y es que la cuestión no se limita a las redadas del ICE, a un barril de Brent disparado por encima de los 110 euros, al abandono de Ucrania o al respaldo incondicional a Israel durante la devastación de Gaza. Todo ello son síntomas visibles de una enfermedad política mucho más profunda. El deterioro institucional, la polarización extrema y la progresiva erosión de los mecanismos de control del poder pueden acabar teniendo consecuencias mucho más duraderas que cualquiera de las decisiones concretas adoptadas por esta Administración.
Durante estos dos años, Trump ha podido gobernar con un margen de maniobra extraordinario gracias, en gran medida, a la complicidad del Partido Republicano (GOP). Pese a controlar tanto la Cámara de Representantes como el Senado, los republicanos renunciaron a ejercer la función de contrapeso que el sistema constitucional estadounidense atribuye al poder legislativo. Lejos de fiscalizar a la Casa Blanca, optaron por cerrar filas con ella, permitiendo que decisiones de enorme trascendencia política, económica y militar fueran aprobadas sin una oposición significativa dentro de su propio partido.

Ese control podría haberse ejercido, por ejemplo, rechazando el nombramiento de Pete Hegseth como secretario de Defensa. Sin embargo, el Partido Republicano prefirió respaldar a un candidato ampliamente cuestionado por su falta de experiencia para gestionar una de las instituciones más complejas y poderosas del planeta. Su visión ultrabelicista y su temeridad estratégica han contribuido a situar a Estados Unidos en una posición de debilidad internacional sin precedentes recientes, hasta el punto de que muchos analistas consideran la actual crisis la mayor derrota geoestratégica sufrida por Washington en lo que llevamos de siglo XXI.
Ola azul; Pato Cojo
Las elecciones de medio mandato (midterm) han supuesto una respuesta contundente de los votantes a esa situación. Los estadounidenses han respaldado de forma abrumadora al Partido Demócrata, otorgándole importantes victorias tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Ni el apoyo financiero del multimillonario Elon Musk ni la implicación personal de Donald Trump en la campaña han sido suficientes para frenar el avance demócrata. Incluso en estados tradicionalmente conservadores como Kansas o Texas, los republicanos han sufrido retrocesos significativos.

La derrota del movimiento MAGA ha sido de tal magnitud que, como refleja el mapa electoral, resulta difícil encontrar una sola circunscripción en la que el voto demócrata no haya crecido respecto a los comicios anteriores. Más que una simple alternancia política, el resultado parece expresar un rechazo generalizado a la dirección adoptada por la Administración durante los dos últimos años.
Las consecuencias de este cambio de equilibrio institucional pueden ser profundas. Ante el más que probable cese, dimisión o incluso impeachment de Pete Hegseth en los próximos meses, la Casa Blanca se verá obligada a buscar un sustituto capaz de obtener apoyos más allá del núcleo duro republicano. Al mismo tiempo, la nueva mayoría demócrata dispondrá de herramientas suficientes para impulsar comisiones de investigación sobre posibles casos de corrupción, abuso de poder y otras irregularidades presuntamente cometidas por miembros de la Administración Trump. Unas prácticas que, en muchos casos, ni siquiera parecían preocuparse por guardar las apariencias y que fueron llevadas a cabo con una sensación de impunidad difícil de disimular.

Este renovado equilibrio de poderes no afectará únicamente al Ejecutivo. Cualquier candidato al Tribunal Supremo necesita la aprobación del Senado para acceder al cargo y, por tanto, la actual supermayoría conservadora de seis jueces frente a tres progresistas podría encontrarse en una situación más vulnerable de lo que parecía hace apenas unos meses. Aunque es improbable que la composición ideológica del alto tribunal cambie de forma inmediata, cualquier vacante inesperada obligaría a la Casa Blanca a negociar con una cámara alta mucho menos dócil y complaciente de lo que ha sido hasta ahora.
A la espera del escrutinio definitivo, todo apunta a que los demócratas obtendrán al menos 54 de los 100 escaños del Senado y 240 de los 435 de la Cámara de Representantes. Más allá de las cifras concretas, el mapa político estadounidense comienza ya a perfilar el terreno sobre el que se librará la próxima batalla presidencial. Cuando los nuevos senadores y representantes tomen posesión de sus cargos en enero de 2027, Donald Trump entrará oficialmente en la fase de pato cojo. Por mucho que Donald haga cuac cuac, su boca no tendrá dientes.
Pato dentro; Pato ¿fuera?
Respecto a la política exterior que cabe esperar de Trump durante los dos próximos años, puede optar por dos caminos. El primero, que llamaremos la «rama de olivo», consistiría en dedicar el tiempo que le queda en el cargo a intentar cerrar un gran acuerdo diplomático que le permita pasar a la historia. En los últimos meses de su presidencia, Clinton trató de resolver el conflicto árabe-israelí, mientras que Obama firmó el Acuerdo Nuclear con Irán en 2015. Los resultados de ambas iniciativas son sobradamente conocidos.

La segunda opción sería la de la «operación salvar el día». Al final de su mandato, Bush padre lanzó una intervención en Somalia con el objetivo de aliviar la crisis humanitaria y la hambruna que asolaban al país africano en 1992. Por su parte, Bush hijo redobló los esfuerzos estadounidenses en Iraq con la esperanza de estabilizar el país en 2007. También en estos casos los resultados son bien conocidos.
Trump podría intentar seguir una u otra vía en alguno de los cuatro grandes frentes abiertos: Rusia-Ucrania, China-Taiwán, Cuba e Irán. El escenario que presenta más visos de materializarse es el cubano, donde una intervención militar limitada podría, en teoría, provocar la caída del régimen. El objetivo sería cerrar un capítulo de más de seis décadas iniciado durante la administración Eisenhower. No obstante, la experiencia de Irán debería haber demostrado los riesgos de confiar en las virtudes de la vía militar como instrumento para impulsar cambios de régimen, especialmente a apenas noventa kilómetros de Florida.
Por otra parte, una intervención terrestre contra Irán parece poco probable, ya que requeriría la aprobación de nuevos fondos por parte del Congreso y supondría un coste político considerable. Trump puede ser un pato cojo, pero la mayoría de senadores y congresistas siguen preocupados por su reelección.
En cuanto a la guerra entre Rusia y Ucrania, una implicación militar directa estadounidense está descartada, y en realidad siempre lo estuvo. La alternativa diplomática tampoco parece ofrecer perspectivas prometedoras, pues los llamamientos a la paz continúan sin encontrar eco en el Kremlin.

Finalmente, la posibilidad de alcanzar algún tipo de acuerdo con China en relación con Taiwán no puede descartarse. Sin embargo, existen dudas razonables sobre hasta qué punto el establishment estadounidense, inmerso en la planificación de una competencia estratégica a largo plazo con Pekín, estaría dispuesto a permitir cambios bruscos de rumbo en una cuestión tan sensible para la seguridad internacional. Al tiempo que las perspectivas a futuro de las autoridades chinas son las de anexionarse la isla, así que no tienen incentivos para hacer concesiones.
En definitiva los resultados de estas elecciones han sido cristalinos. Tanto es así que el propio Trump ha reconocido el fracaso (fiel a su estilo), situación que hace pocas semanas parecía imposible de quien intentó dar un golpe de estado el 6 de enero de 2021.











Comentarios