Las fuentes de la futura paz europea
Actualizado: 5 jun 2025
¿De qué material está construida la paz? La humanidad ha reflexionado sobre esta pregunta y sus posibles respuestas desde que empezó a entender que el ser humano toma decisiones tanto de forma racional como emocional. El cálculo racional en la toma de decisiones se comprende en varias fases. La primera fase se produce cuando un sujeto recibe una serie de estímulos externos. A continuación, el sujeto evalúa las posibles opciones de respuesta, considerando los costos y beneficios de cada una. Posteriormente, el individuo toma una decisión basándose en la opción que maximiza sus beneficios y minimiza los costos. O al menos esto es lo que nos indican los estudios de elección racional. Sin embargo, como todos sabemos, los seres humanos tomamos decisiones de forma muy distinta, ¿cierto?
Las personas tomamos decisiones guiándonos en gran parte por las emociones; y los estados están liderados y formados por personas, al menos mientras la IA generativa no dé el salto a la gobernanza. Así que, si entramos a estudiar las dinámicas del poder y, más concretamente, cómo se realizan los cálculos estratégicos, entendemos que siempre que se toma una decisión, se hace pensando en la reacción del resto de actores del entorno implicados. Aplicado a las ciencias civiles, podemos poner como ejemplo las medidas de transición ecológica. Los gobiernos de los distintos niveles de la administración, antes de tomar una decisión sobre las medidas que deben impulsar para mejorar la calidad de vida de sus habitantes, realizan un estudio comparativo con el resto de países. No solo para saber qué medidas son más eficaces, sino también para saber hasta qué punto deben acelerar o frenar el ritmo de la transición para no perjudicar a su economía y su competitividad.
El cálculo estratégico para lograr y mantener la paz es uno de los más difíciles de responder con certeza. Aquí entra la teoría de la disuasión, aquel principio que en latín reza si vis pacem para bellum, si quieres paz, prepárate para la guerra. Este principio realista es clave para entender las relaciones internacionales. Se basa en que para lograr la paz hace falta crear una estructura militar lo suficientemente creíble a la par que destructiva para que tu adversario no se atreva a alterar tu seguridad.

Y claro que ahora se hace necesaria la siguiente pregunta, ¿cuán creíble y destructiva tiene que ser esa estructura militar para garantizar la paz? La respuesta clara y directa no existe. La más honesta es un nítido "depende". A principios de la década de 1960, durante la Guerra Fría, al calor del conflicto entre la Unión Soviética y Estados Unidos se desarrolló el concepto MAD (Mutual Assured Destruction), por el cual ambos actores tenían capacidad nuclear suficiente como para que en un eventual conflicto armado, ambas superpotencias (y el planeta) fueran destruidos. Sin embargo, eso no evitó que la escalada en las capacidades militares de ambos países siguiera aumentando en materia nuclear y convencional. Este es un ejemplo donde en el cálculo estratégico de ambos actores la mejor forma de garantizar su seguridad era la de potenciar la inseguridad del rival.
Por esa razón, los rearmes plantean una paradoja de seguridad que no tiene una solución sencilla. Pues la forma de que un actor político sienta garantizada su seguridad es a costa del incremento del sentimiento de inseguridad del contrario. Entonces ambas partes entran en una espiral de aumento de las capacidades militares disuasorias.
La otra variable en la ecuación es la de valorar cuán políticamente capaz es tu adversario de lanzar un ataque, y en este factor es de los más peligrosos porque incluye el factor más emocional. La primera variable de gasto militar es objetiva, pero la segunda incluye la voluntad de usar el poderío militar adquirido. En este ámbito entra en juego la Teoría del Loco. Esta teoría se basa en la estrategia de que el líder político y/o la cúpula militar tiene un comportamiento irracional, impredecible y agresivo. La idea que subyace es la de hacer creer a los adversarios que en cualquier momento y ante cualquier estímulo puedes reaccionar de forma desproporcionada. Ante la aparente carencia de reglas y de "líneas rojas" claras, el loco busca que los adversarios (y aliados) se muevan a su voluntad por el riesgo de despertar a la bestia.
El presidente Trump es un claro suscriptor de esta teoría y basa su estrategia de defensa en la incertidumbre. Frente a los aliados europeos tradicionales de Estados Unidos plantea un reseteo unilateral total de las relaciones. La amenaza de la no aplicación del artículo 5 de la OTAN, por el cual el ataque a cualquier miembro de la alianza significa un ataque a todos, ha resultado lo suficientemente creíble para las capitales europeas. La paz en el continente europeo en los últimos 80 años ha estado garantizada en gran medida gracias al paraguas militar disuasorio estadounidense. Como superpotencia con el poder militar convencional más grande del planeta y de la historia, la credibilidad sobre el uso o no de ese poder es capaz de evitar o crear guerras.

Si bien es cierto que si echamos un vistazo a la historia, Estados Unidos ha tenido grandes problemas a la hora de "ganar" las guerras desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En Corea el conflicto sigue vigente, en Vietnam y Afganistán fueron derrotados y el resultado en la intervención en Iraq o Yugoslavia está lejos de poder considerarse un "éxito". Ahora con el abandono unilateral de Ucrania el registro histórico no mejora, pero el miedo que genera la intervención estadounidense no recae en su capacidad de ganar guerras, sino en su capacidad destructiva, y esa es certera.
Ahora que las tesis del Asia First dominan la estrategia de la nueva administración, el entorno de seguridad europeo debe construir una disuasión militar equivalente a la que prestaba el socio americano. Para ello se debe organizar un aparato de seguridad europeo integral y coordinado que cuente tanto con material militar suficiente como con la voluntad política para usarlo frente a las amenazas presentes y futuras. Así mismo, el espíritu de esta nueva alianza debe ser el de poder actuar de forma autónoma de Estados Unidos y más aún viendo la reciente flexibilidad estratégica que está adoptando. En el presente, el continente europeo no se enfrenta a una amenaza creíble por parte de Rusia, ya que la aventura imperialista en Ucrania ha dejado muy dañadas las capacidades militares rusas. Teniendo en cuenta las estimaciones, el número real de militares rusos muertos podría oscilar entre 146.194 y 211.169, siendo la estimación de los heridos tres veces esa cifra. A esto se le suman los problemas demográficos y económicos derivados de la guerra que han llevado a Rusia a echarse en brazos de China, Irán y Corea del Norte, a la vez que retrocedía su presencia en Armenia o Siria. Sin embargo, a medio y largo plazo, la amenaza para el continente es muy real. El previsible deseo de revancha por el apoyo incondicional que ha dado Europa a la causa ucraniana va a surgir más tarde o temprano, y para ese momento Europa debe tener un aparato disuasorio creíble y autónomo que frene esos deseos.
En el pasado, los socios europeos tenían ciertas obligaciones con el socio americano, como la intervención en Iraq o la gran operación en Afganistán, principalmente como "pago" por la seguridad que brindaba al continente. Si Estados Unidos desea centrar toda su gran estrategia en la zona del Asia-Pacífico, como lleva anunciando desde la administración Obama, puede hacerlo, pero no con tropas europeas. Ya que uno puede entrever que detrás de las imposiciones del aumento hasta el 5% del PIB del gasto en defensa a los socios de la OTAN (cifra que Estados Unidos no cumple) está la intención de dotar a los socios transatlánticos de poderío militar suficiente para una eventual guerra con China.











¿El artículo ve como una posibilidad que un futuro ejército europeo se implicase en guerras fuera de Europa, en conflictos directos con China?
Eso sería una locura. Mejor no dar ideas.