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El Orden del Nuevo Congreso de Viena

15 may 2025
3 min de lectura

Actualizado: 3 jun 2025

Retrocedamos en el tiempo unas cuantas décadas y situémonos en la Europa de 1814-1815. En aquel entonces, el Viejo Continente atravesaba un momento crucial. La Revolución Francesa, que había estallado 25 años antes, no solo transformó profundamente la estructura política y social de Francia, sino que también desencadenó la expansión del Imperio napoleónico, cuyas huellas podían encontrarse en prácticamente todos los rincones de Europa. Desde las puertas de Cádiz hasta la ciudad de Moscú, pasando por la isla de Sicilia, Napoleón sometió, de una forma u otra, a casi todo el continente en tan solo una década. Sin embargo, sus primeras derrotas en España, junto con las sucesivas pérdidas en el frente ruso, precipitaron el colapso de su dominio.

Mapa del Imperio de Napoleón Bonaparte (1812)
Mapa del Imperio de Napoleón Bonaparte (1812)

Tras la caída de Napoleón, las principales potencias absolutistas de la época —Austria, Prusia, Rusia y el Reino Unido— se reunieron en Viena con el propósito de diseñar un nuevo sistema de seguridad para Europa. Así nació el Concierto de Europa, un mecanismo de equilibrio de poder, tanto interno como externo, que en un principio involucraba a cuatro actores, pero que en 1818 sumó a Francia como miembro.


El objetivo principal de este sistema era preservar la estabilidad y evitar enfrentamientos directos entre las grandes potencias, mientras que, de manera coordinada, combatían las fuerzas liberales y nacionalistas. Para ello, recurrieron a la diplomacia como herramienta de negociación y reparto de influencia, especialmente en momentos de crisis interna entre los Estados menores. Este esquema de control territorial anticipaba, en cierta medida, los futuros procesos de expansión imperialista en África y Asia, estableciendo un sistema de reparto entre los fuertes y los débiles.


Las potencias definieron esferas de influencia, delimitando las zonas cercanas a sus fronteras que consideraban parte de su "patio trasero" o "espacio vital". A través de este dominio estratégico, buscaban preservar su hegemonía y reducir los riesgos de conflicto mediante acuerdos y alianzas.



Este sistema, que perduró aproximadamente cuatro décadas, logró encauzar los grandes conflictos continentales hacia la cooperación. Con un espíritu similar, se configuró la Conferencia de Yalta en 1945. Las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial en Europa repartieron el sistema de seguridad continental en esferas de influencia. El mundo occidental, representado por Roosevelt y Churchill, se situó en un bloque, mientras que Stalin lideraba el otro. Estas divisiones evolucionarían posteriormente en la OTAN y el Pacto de Varsovia.


Tras 1945, el mundo quedó estructurado en dos grandes bloques encabezados por dos superpotencias. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética actuaban con relativa libertad dentro de sus respectivas zonas de influencia.


Hoy en día, se está configurando un nuevo aparato de seguridad global que recuerda poderosamente a los modelos anteriores. En este nuevo Congreso de Viena, la mesa aún se está definiendo. Los miembros de pleno derecho son Estados Unidos y China, debido a su peso económico, militar y comercial. Rusia, por su parte, desde 2022 libra una guerra brutal en Ucrania con el objetivo, entre otros, de reafirmar su estatus como gran potencia ante Washington. Otras potencias emergentes, como India, buscan reconocimiento internacional, y su postura en el conflicto con Pakistán puede interpretarse como una estrategia para posicionarse como actor clave en el escenario global.


La nueva Administración estadounidense, como se analizó en La geopolítica del imperialismo trumpista, parece cómoda con la idea de la expansión territorial y, aún más, con la lucha global contra el liberalismo. En esta batalla ideológica, Estados Unidos, Rusia, China e India podrían encontrar ciertos puntos de afinidad, al igual que las grandes potencias reaccionarias en el Congreso de Viena. Actualmente, los principales enemigos internos de este nuevo orden, según declaraciones de J.D. Vance, incluyen inmigrantes ilegales, terroristas islamistas, progresistas “woke”, socialistas europeos y minorías sexuales.

De izq. a der. Trump (EEUU), Putin (Rusia), Xi (China) y Modi (India)
De izq. a der. Trump (EEUU), Putin (Rusia), Xi (China) y Modi (India)

Por otro lado, la Unión Europea representa un modelo alternativo basado en los principios democráticos, el Estado de derecho, el bienestar social, el pacifismo, el diálogo, el laicismo y la inclusión de minorías. Sin embargo, estos valores son considerados por algunos como signos de una civilización decadente. En contraposición, el autoritarismo mayoritarista, que postula la supremacía de las mayorías étnicas, sociales, sexuales y religiosas sobre el resto, emerge como una alternativa que busca imponerse tanto en el ámbito interno como en el orden global.


El antiguo Congreso de Viena pasó a la historia como un sistema que garantizó la paz en Europa durante varias décadas, pero también fue responsable de sangrientas intervenciones represivas. Los rusos sofocaron los levantamientos nacionalistas polacos, mientras que los austríacos hicieron lo mismo con los revolucionarios napolitanos en 1821. Hoy, las dinámicas de poder recuerdan aquellas de antaño: al igual que Trump estaría dispuesto a permitir la anexión de la mitad de Ucrania por parte de Rusia, o la absorción de Taiwán por China, la geopolítica actual plantea interrogantes sobre futuras concesiones estratégicas. ¿Panamá? ¿Groenlandia? ¿Canadá? ¿Europa?

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