La geopolítica del imperialismo trumpista
Actualizado: 7 mar 2025
La prevalencia de Estados Unidos como única superpotencia tras el fin de la Guerra Fría y su despliegue como el hegemón total más completo de la historia produjeron una situación excepcional nunca antes vista en el estudio de las superpotencias. Hasta la fecha, todo gran imperio sostuvo, en parte, su poder en la expansión territorial. Roma, China, España, Portugal, Holanda, Inglaterra, etc. son ejemplos de grandes potencias que tuvieron un despliegue colonial importante y cuya duración como hegemonía estuvo directamente relacionada con el mantenimiento de esos territorios conquistados/anexionados. Sin embargo, en el caso de EE.UU., como hegemonía total, no ha sido necesario el establecimiento de un sistema de dominio imperial convencional hasta la fecha.
El tipo de hegemonía que ha ejercido EE.UU. en las últimas tres décadas se ha plasmado en los ámbitos diplomático, financiero, económico, comercial, militar y cultural. La singularidad de este momento hegemónico estadounidense radica en que, a diferencia de sus antecesores imperiales, nunca disfrutaron de ese dominio en todos los ámbitos. Por ejemplo, el Imperio neerlandés (s. XVII, su momento hegemónico) ejercía su hegemonía en la esfera comercial y financiera gracias a un dominante poder naval que le permitió proyectar su poder desde Nueva Ámsterdam (Nueva York) hasta Indonesia, pero competía en el resto.

La fuerza unipolar que ha ejercido EE.UU. hasta la fecha ha sido tan arrolladora que no ha requerido de demasiadas formas de control directo y "en el terreno" como el resto. Si bien no se puede obviar que ha tenido intentos colonizadores recientes como los grandes despliegues en Iraq y Afganistán que han resultado en desastre.
El diseño del traje del nuevo emperador
Unas semanas antes de tomar posesión como el 47º Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump expuso su proyecto expansionista en materia de política exterior. Este proyecto persigue dos objetivos geopolíticos: el primero es convertir a EE.UU. en una isla territorial y, para ello, dice querer anexionarse Canadá y Panamá y el segundo es prepararse para conquistar el Ártico vía la anexión de Groenlandia.
La toma del país-canal de Panamá busca revertir el tratado Torrijos-Carter que firmó el difunto presidente Jimmy Carter en 1977, por el cual devolvía la soberanía del Canal al estado panameño para 1999 tras casi un siglo de control legal del mismo. Antes de la firma de este tratado, la zona colindante al Canal de Panamá estaba controlada directamente por Estados Unidos desde 1903. Con este movimiento, quiere controlar tanto el norte como el sur de la "isla" que es Norteamérica, así como la ruta comercial marítima que conecta por mar la costa oeste con la este de EE.UU.

El segundo objetivo, desde una perspectiva geopolítica, es controlar el mayor porcentaje posible del Ártico. Para ello EEUU cuenta con el derecho a una parte del pastel helado gracias a la compra que hizo en el s. XIX de Alaska pero no lo considera suficiente. En la actualidad, el Polo Norte es un territorio "libre" de disputas territoriales y es cogobernado por el Consejo Ártico. Este órgano de gobierno colegiado está formado por EE.UU., Canadá, Dinamarca (Groenlandia), Islandia, Finlandia, Noruega, Rusia y Suecia, a los que se suman los representantes de las seis comunidades autóctonas que viven allí y hasta 13 estados observadores (España, India, China o Singapur, entre otros). Las labores del Consejo son básicamente las de salvaguardar la naturaleza de la región y luchar contra la contaminación. Sobre el papel, Trump busca colocar a EE.UU. en los "mejores puestos de salida" para cuando se descongele totalmente el Polo Norte. El Ártico es un territorio que cuenta con una protección internacional especial que limita su uso a labores exclusivamente científicas de investigación. No obstante, cuando el cambio climático (ya inevitablemente) acabe con la singularidad glacial del territorio, los abundantes recursos naturales que allí residen, así como las rutas comerciales que se abrirán, serán objeto de disputa geopolítica.

El material del traje del emperador
La lógica de este proyecto expansionista es el resultado de una potencia crecientemente insegura. Esa inseguridad, que de momento comparte con Rusia, se plasma en la necesidad de controlar política y físicamente una región para explotarla económicamente. La globalización liberal de los últimos 30 años residía en la idea de que el libre comercio y la interconexión e integración global de los mercados iban a resultar en ganancias relativas a todas las partes de forma que ninguna perdía y ninguna ganaba. El factor territorial perdería peso porque el acceso a las materias primas iba a ser facilitado por la ausencia progresiva de aranceles. Como hemos visto, esa idea se ha evaporado tan pronto como su fundador y principal valedor, EEUU, ha empezado a perder la partida frente a otros actores como China. En la actualidad el factor geográfico tiene una renovada importancia y ya la vía diplomática como los tratados de libre comercio han perdido validez para la nueva administración Trump.
El traje que quiere Trump tiene que ser "hecho en América" y, si América no lo produce, debe expandirse para hacerlo. Por esa razón, ha puesto el ojo en Groenlandia, la isla más grande del mundo y demasiado rica en recursos naturales como para no ser explotada por las grandes potencias. En Groenlandia se concentran en torno al 25% de todas las tierras raras del mundo, materiales que son necesarios para la producción de aparatos y vehículos eléctricos (como Tesla) y para liderar la transición verde. En la actualidad, China controla casi la totalidad (>95%) del suministro de tierras raras global, incluidas las extraídas de Groenlandia.
La región Ártica contiene, según el Instituto Geológico de Estados Unidos, el 13% de las reservas mundiales de petróleo y cerca del 30% de las reservas de gas natural mundial. La riqueza del extremo norte no solo se limita a los combustibles fósiles, sino que también es una región rica en minería (oro, hierro, titanio, carbón, etc.). Por esa razón, los planes que las grandes potencias llevan realizando años con la vista puesta a largo plazo incluyen el deshielo polar como un factor hasta deseable. Las consecuencias del calentamiento global, que ya están siendo exponencialmente devastadoras cada año, pueden salir muy rentables para una diversidad de actores. La viabilidad de las rutas comerciales polares promete acortar sustancialmente las distancias entre las regiones del Hemisferio Norte; y, como ocurrió cuando se abrieron el Canal de Suez o Panamá, quien los controle tendrá una posición privilegiada sobre el comercio mundial.











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