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El origen de la mala conducta israelí

24 jun 2025
5 min de lectura

Actualizado: 29 ago 2025

El pasado 13 de junio, Israel lanzó una oleada de ataques contra Irán con el objetivo de desarticular la cúpula ideológico-militar de la Guardia Revolucionaria, encargada de la defensa del Líder Supremo y de la Revolución Islámica, así como llevar a cabo asesinatos selectivos de los principales científicos responsables de impulsar el programa nuclear iraní. Con esta acción unilateral, el gobierno de Netanyahu declaró, en un primer momento, que su objetivo era poner fin al programa nuclear iraní, ya fuera de fines civiles o militares. Posteriormente, afirmó que también busca el desmantelamiento de la República Islámica. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cuáles son los verdaderos objetivos políticos de Israel en esta guerra con Irán?


En política, existen distintos tipos de objetivos. El primero es el objetivo declarado, aquel que se comunica públicamente a través de los medios y que suele incluir demandas maximalistas, muchas veces alejadas de la realidad política. Son metas que solo pueden alcanzarse mediante la rendición incondicional o la derrota total del adversario, como ocurrió con la Alemania nazi. Israel ha declarado reiteradamente que en Gaza está buscando la destrucción total de Hamás y en Irán un cambio de régimen


El segundo es el objetivo admisible, que suele figurar en documentos internos y recibe escasa publicidad. Esto se debe a que, en una negociación, no conviene que la contraparte conozca con precisión los límites reales de uno. En este caso lo que busca Israel es eliminar la potencial amenaza militar tanto de Irán como de sus proxis que conforman el llamado Eje de la Resistencia (Hamás, Hezbola, Hutíes, etc).


Por último, están los objetivos vitales, también conocidos como líneas rojas: son aquellos escenarios que, bajo ninguna circunstancia, un actor político está dispuesto a aceptar. Para Irán, esto implica la continuidad del régimen de los ayatolás; para Israel es su legitimidad como estado.


Ahora bien, analicemos las razones que explican el comportamiento de Israel y su actuación en la región de Oriente Medio.


La forma de actuar de Tel Aviv resulta incomprensible si no se tiene en cuenta el respaldo, aparentemente incondicional, que le brinda Washington desde, al menos, el 7 de octubre de 2023. Este apoyo, iniciado bajo la administración de Biden y reforzado posteriormente con Trump, se ha consolidado como una política bipartidista, un verdadero consenso dentro de la política exterior estadounidense. Para Estados Unidos, es de importancia estratégica que Israel obtenga la victoria, cueste lo que cueste.


La razón que impulsa a EE. UU. a respaldar a Israel se remonta a 2012, cuando la administración Obama lanzó la estrategia conocida como Pivot to East Asia. Esta nueva orientación geopolítica identificaba que, para que Estados Unidos mantuviera su estatus como potencia hegemónica, debía redirigir sus esfuerzos hacia Asia Oriental, es decir, hacia la confrontación con China en su propia esfera de influencia.


El obstáculo que han enfrentado los sucesivos presidentes desde entonces ha sido el estancamiento en Oriente Medio. La invasión de Irak y Afganistán, las primaveras árabes, la guerra civil siria y el expansionismo regional de Irán han sido algunos de los factores que han mantenido a Estados Unidos atado a la región y a sus intereses estratégicos.


Ante esta situación, la solución adoptada por los responsables de la política exterior estadounidense ha sido la de consolidar un aliado regional leal a sus intereses, con la capacidad suficiente para ejercer como potencia hegemónica en Oriente Medio. Es en este contexto donde entra en escena Israel, con su política injerencista en la zona y sus propias aspiraciones de convertirse en una superpotencia regional.


Como toda aspirante a potencia hegemónica, lo primero que busca es neutralizar a sus posibles contrincantes. En el caso de Israel, su principal rival estratégico es Irán, junto con la red de milicias —conocida como el Eje de la Resistencia— que este respalda y que se declara abiertamente hostil tanto a Israel como a Estados Unidos. Para ello, el gobierno de Netanyahu ha aprendido las lecciones del atentado del 7 de octubre perpetrado por Hamás: eliminar violentamente cualquier posibilidad de acuerdo diplomático.


El principal objetivo de dicho atentado fue dinamitar los Acuerdos de Abraham, un propósito que logró cumplirse. Estos acuerdos fueron un pacto diplomático impulsado por la primera administración Trump, mediante el cual varios países árabes —principalmente los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos, con Arabia Saudí como posible siguiente firmante— se comprometían a reconocer progresivamente al Estado de Israel. Todo ello quedó en suspenso tras el ataque de Hamás y la desproporcionada respuesta israelí, que, hasta junio de 2025, ha causado más de 55.600 muertes, en su mayoría mujeres y niños.


El sábado 12 de junio de 2025, la delegación estadounidense, encabezada por el enviado especial para Oriente Medio, Steve Witkoff, y la iraní, liderada por el ministro de Exteriores Abbas Araghchi, se reunieron en Omán para iniciar conversaciones con el objetivo de alcanzar un nuevo acuerdo nuclear. En teoría, Estados Unidos buscaba que Irán destruyera sus reservas de uranio enriquecido a una pureza del 60 % a cambio del levantamiento de sanciones, en una fórmula similar al acuerdo alcanzado en 2015 entre Irán, EE. UU., Francia, Reino Unido, Rusia, China, Alemania y la Unión Europea, del cual Estados Unidos se retiró unilateralmente en 2018 bajo la presidencia de Donald Trump.


Sin embargo, al día siguiente de iniciarse las conversaciones, Israel lanzó —sin provocación previa— un ataque a gran escala contra Irán, en el que asesinó a gran parte de la cúpula de la Guardia Revolucionaria y a destacados científicos del programa nuclear iraní. Este ataque, que puede interpretarse como una humillación a los esfuerzos diplomáticos de EE. UU., ha forzado el fin de las negociaciones y está arrastrando a Washington hacia un conflicto armado que intentaba evitar.


Netanyahu sabe que Trump y buena parte del establishment estadounidense son afines al sionismo y, como se ha mencionado anteriormente, cuentan con Israel para mantener una presencia delegada en la región. Eso le otorga suficiente capital político como para presionar a Trump y torcerle el brazo, sabiendo que no puede permitirse abandonar a Israel a su suerte.


En el pasado, Trump ha sido muy crítico con la intervención en Irak y con los conflictos que se iniciaron durante la presidencia de Biden. Además, dentro de las corrientes ideológicas del Partido Republicano, se alinea más con el ala aislacionista representada por el líder del movimiento MAGA, Steve Bannon, defensor del lema America First. Sin embargo, el pasado 22 de junio Trump rompió con ese sector del movimiento cuando implicó a EE. UU. en el conflicto con el bombardeo de las instalaciones nucleares de Natanz, Isfahán y Fordo.


Respecto a los objetivos que persigue Israel con esta guerra, la caída del régimen de los ayatolás parece improbable. El destino que sufrieron las Juntas Militares en Argentina, que colapsaron tras la derrota en la guerra de las Malvinas en 1982, no parece ser el camino que vaya a seguir Teherán. El principal argumento que respalda esta afirmación es que Israel está atacando infraestructuras civiles —incluso en la capital— además de objetivos militares y nucleares, lo que amenaza a millones de civiles con sufrir las consecuencias radiactivas. En este contexto, la respuesta ha sido, incluso entre los opositores más acérrimos al régimen, cerrar filas en torno a Jamenei.


Las guerras, especialmente aquellas no provocadas, tienden a reforzar los liderazgos vigentes. Incluso si estos atraviesan momentos de gran debilidad, como fue el caso de Zelensky, quien pasó de contar con apenas un 20 % de aprobación a superar el 80 % en las primeras semanas del conflicto. Nadie quiere apartar del poder a quien se percibe como el protector frente a las bombas mientras estas siguen cayendo.


En definitiva, el objetivo último y real que parece estar persiguiendo Netanyahu con esta guerra es el de desgastar militarmente a las fuerzas iraníes. Ese desgaste pasa por inhabilitar por la fuerza tanto el programa nuclear como la jerarquía de la Guardia Revolucionaria. Tal vez, a medio o largo plazo, el debilitamiento de los pilares coercitivos del régimen pueda propiciar un cambio impulsado por fuerzas internas. Pero si Hitler no logró la rendición de Churchill bombardeando sistemáticamente Londres, difícilmente lo logrará Netanyahu con Teherán.

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