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León XIV y la guerra justa

El 15 de mayo de 2026, el papa León XIV publicó su primera encíclica, "Magnifica Humanitas, dedicada a la custodia de la persona humana en la era de la Inteligencia Artificial". Las encíclicas son cartas dirigidas por los papas a los fieles cristianos en las que fijan su interpretación de la doctrina y del Evangelio. Con el paso del tiempo, los pontífices han ido publicando cada vez menos encíclicas y el interés por ellas ha disminuido en paralelo al descenso del número de creyentes. Francisco escribió cuatro y Benedicto XVI solo tres, frente a las cuarenta y una de Pío XII o las ochenta y seis de León XIII, entre las que destacó Rerum Novarum (1891), pilar fundador de la Doctrina Social de la Iglesia. Aun así, el actual pontífice no ha dejado indiferente a nadie y, pese a su inicial discreción, ha ido desplegando toda la capacidad de influencia del que probablemente sea el mayor soft power del mundo.


En Magnifica Humanitas, León XIV expone lo que equivale a su programa político e ideológico para el conjunto de su pontificado y para la orientación futura de la Iglesia. La carta aborda de manera directa el fenómeno de la Inteligencia Artificial, la relación que debe mantenerse con los avances tecnológicos y los riesgos que estos abren.


El Papa León XIV en la misa de Pentecostés este domingo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. (REUTERS)
El Papa León XIV en la misa de Pentecostés este domingo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. (REUTERS)

Uno de los ámbitos en los que el Papa centra su atención es el impacto de la IA en los conflictos bélicos, dada su irrupción en prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana.


La teoría de la guerra justa es una tradición moral, ética y filosófica con vocación universal. A lo largo de su desarrollo ha sido alimentada por autores de muy diversas confesiones religiosas, así como por pensadores aconfesionales. Sin embargo, ha alcanzado una elaboración especialmente profunda en el pensamiento cristiano, desde Agustín de Hipona hasta Tomás de Aquino o Francisco de Vitoria. Por ello, lo que disponga un papa sobre esta materia siempre resulta relevante para la evolución doctrinal de dicha tradición.


La justicia o injusticia de una guerra no depende de una perspectiva subjetiva. Los autores de la teoría de la guerra justa —incluidos los pertenecientes a la Iglesia— nunca justifican los conflictos por motivos ideológicos. En este sentido, las Cruzadas son, por su propia naturaleza, injustas, como se explicará más adelante.


El pintor francés Émile Signol recreó en este lienzo la conquista de la ciudad por los cruzados: Godofredo de Bouillon da gracias a Dios ante Pedro el Ermitaño. 1847. Castillo de Versalles.
El pintor francés Émile Signol recreó en este lienzo la conquista de la ciudad por los cruzados: Godofredo de Bouillon da gracias a Dios ante Pedro el Ermitaño. 1847. Castillo de Versalles.

Para que una guerra pueda considerarse justa debe cumplir tres requisitos: una causa justa, una intención recta y el empleo de medios proporcionados y estrictamente necesarios. La causa justa no puede ser otra que la legítima defensa; la intención debe orientarse a la protección de la vida; y los medios han de ser defensivos, sin que pueda producirse un uso excesivo de la fuerza en ningún momento. Los cruzados que partieron de Europa Occidental para conquistar Jerusalén en 1098, destruyendo y masacrando a la población de la ciudad santa para imponer un Estado cristiano, nunca estuvieron moralmente amparados por esta tradición.


La tradición cristiana bebe de dos principios orientados a evitar el conflicto: por un lado, el “No matarás” incluido en los Diez Mandamientos; por otro, la máxima evangélica de “poner la otra mejilla”, atribuida a Jesucristo. Sin embargo, Agustín de Hipona advirtió que existen situaciones en las que este mandato no puede aplicarse, pues ante una agresión fatal no hay margen real para el perdón ni para la renuncia a la defensa propia. Al fin y al cabo, el martirio no puede convertirse en norma universal.


Tampoco existe justa causa cuando, ante una provocación verbal o no verbal, se responde con violencia. Por ello, las herejías y otras ofensas quedan excluidas como motivos legítimos. Del mismo modo, ante un atraco violento no es lícito matar al ladrón alegando legítima defensa, pues la defensa de la propiedad privada no es un bien superior a la vida. Sin embargo, sí sería legítimo ejercer la fuerza —incluso la agresión física— si se dispone de capacidad y medios para zafarse del robo sin causar la muerte del agresor, atendiendo al principio de proporcionalidad.


En ningún caso puede considerarse justa una guerra emprendida por expansión territorial o por el control de recursos estratégicos —una mina, un puente, un estrecho—. Tampoco lo es aquella basada en la percepción subjetiva de un peligro meramente virtual. El peligro que justifica la defensa armada debe ser cierto, objetivo, evaluable e ineludible por vías diplomáticas.


Recreación de una invasión militar mediante medios aéreos y terrestres. Foto: Midjourney/Juan Castroviejo.
Recreación de una invasión militar mediante medios aéreos y terrestres. Foto: Midjourney/Juan Castroviejo.

El concepto de guerra preventiva solo tiene algún fundamento cuando la certeza de la agresión futura es inequívoca, inminente y verificable. Para visualizarlo, imaginemos que en la frontera de un Estado se detecta una gran movilización militar: soldados pertrechados con armamento de guerra, decenas o cientos de carros de combate avanzando hacia el territorio propio, aviación militar sobrevolando repetidamente el espacio aéreo, ciberataques constantes contra infraestructuras críticas, órdenes de evacuación emitidas por el futuro agresor para su población fronteriza, etc. En un escenario así, surge la cuestión de si el Estado defensor debe esperar pasivamente a recibir el primer golpe para no ser considerado provocador del conflicto.


En este supuesto, no se excluye la legitimidad defensiva por la presencia de pequeños grupos de exploradores o espías, ni por un ligero incremento de efectivos de policía fronteriza en los cuarteles. El principio que debe primar es que la guerra constituye siempre el último recurso, el camino al que solo puede acudirse cuando todos los demás han sido agotados.


El papa León XIV no enmienda la tradición de la guerra justa en su encíclica; más bien recuerda que esta se fundamenta en un sistema estricto de normas y principios. Ante el aumento de la agresividad en los discursos públicos, la retroalimentación entre la industria militar y una cultura de la guerra y del poder, y la proliferación de la IA como mecanismo que reduce los costes económicos y morales de los conflictos, el pontífice advierte de un abandono progresivo de los principios fundacionales de las Naciones Unidas.


Los representantes de los países aliados agrupados en torno al presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt, segundo por la izquierda en la mesa, para firmar la Declaración de las Naciones Unidas en enero de 1942. (© Bettmann/Getty Images)
Los representantes de los países aliados agrupados en torno al presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt, segundo por la izquierda en la mesa, para firmar la Declaración de las Naciones Unidas en enero de 1942. (© Bettmann/Getty Images)

La ONU —y la generación que la creó— se edificó sobre la experiencia devastadora de dos guerras mundiales que llevaron al mundo al borde de la destrucción total. A ello se sumó el factor nuclear, que introdujo en la ecuación bélica la posibilidad real de la extinción humana. Por ello, el Papa alerta sobre la peligrosa deriva actual: un mundo en el que se está perdiendo el miedo a la guerra como herramienta política, precisamente cuando más necesario sería preservarlo.

No basta con invocar la ética de manera genérica: es necesario establecer criterios precisos de discernimiento. El primero se refiere a la responsabilidad personal y humana, que no puede quedar diluida ni delegada en una IA sin control. El segundo se refiere al tiempo del juicio moral: la IA tiende a acortar los tiempos de decisión, pero en la guerra las decisiones irreversibles no pueden regirse por la rapidez o la eficiencia como criterios supremos.


La no proliferación nuclear ha encontrado su mayor enemigo en el comportamiento de los propios Estados que poseen el arma atómica. La situación de guerra casi permanente que ha caracterizado a Estados Unidos desde que obtuvo el arma definitiva en 1945; el expansionismo imperialista ruso e israelí; o la creciente agresividad coercitiva de China en el mar de China Meridional y el estrecho de Taiwán han generado tal ansiedad en el resto de países que muchos se sienten empujados a buscar también el arma nuclear para garantizar su propia seguridad nacional. Ese fue el caso de Corea del Norte, que la desarrolló a comienzos de siglo, o de Irán, que bajo el liderazgo de Alí Jamenei parecía inclinarse hacia el “no” debido a la fatwa promulgada en 2003, pero cuya posición actual es incierta o incluso podría estar desplazándose hacia el “sí”.


El papa León XIV dirigiéndose al Congreso de los Diputados de España
El papa León XIV dirigiéndose al Congreso de los Diputados de España

En definitiva, León XIV no solo actualiza la tradición de la guerra justa, sino que advierte de que, en un mundo acelerado por la IA y desinhibido ante la violencia, la primera batalla que debemos librar es por preservar nuestra propia humanidad y para ello se debe de rehuir de las dinámicas de amigo-enemigo que hacen más favorable el conflicto armado y la destrucción de los puentes construidos tras la Segunda Guerra Mundial.


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Invitado
17 jun

¿Qué capacidad real tiene el papa para influir en la geopolítica futura?

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