12.167 días y 365 noches
- Pablo Díaz Gayoso

- 20 ene
- 4 Min. de lectura
Hoy, 20 de enero de 2026, se cumplen 365 días desde la vuelta a la presidencia de Donald Trump. En una fecha como esta cabe recordar la frase atribuida a Vladimir Lenin: “hay décadas en las que no pasa nada y hay semanas en las que pasan décadas”. Durante su primer mandato, entre 2016 y 2020, pudimos comprobar cómo un showman que pasaba más tiempo en el campo de golf que en el Despacho Oval alcanzaba la presidencia del país militarmente más poderoso del mundo.
En aquel periodo empezamos a ver lo que ahora padecemos: un dirigente inestable, caprichoso, infantil y mentiroso, encorsetado institucionalmente en un sistema bipartidista diseñado y perfeccionado durante décadas para impedir que el líder carismático y demagogo de turno pueda erosionar, con sus imprudencias, los pilares del poder estadounidense, sustentados en la estabilidad del sistema internacional.

La virtud del poder estadounidense —y lo que lo ha diferenciado de otras grandes potencias del pasado— ha sido su capacidad para lograr que los líderes de otros países soberanos y democráticos acepten incorporarse a su gran estrategia de expansión como superpotencia sin sufrir un castigo político severo por parte de su población (con la notable excepción de la invasión ilegal de Iraq). Incluso ha conseguido torcer el brazo de muchos gobiernos para que adopten decisiones que atentan directamente contra sus propios intereses nacionales. Un ejemplo fue la salida de varios países, como Italia, de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en 2023. China es una superpotencia en el ámbito comercial y Estados Unidos no puede competir en pie de igualdad con la fábrica del mundo. El realineamiento atlantista que impulsó el gobierno de Meloni bajo el liderazgo de Biden se ha demostrado una mala decisión en un momento en que Washington ha adoptado una estrategia rogue (canalla) o, siendo más diplomáticos, “revisionista”.
Ahora, bajo la Administración Trump 2.0, podemos ver en riguroso directo cómo los pilares del poder hegemónico estadounidense se desmoronan. Como vimos en las elecciones en Canadá (Trump resucita al Partido Liberal de Canadá) y ahora en Groenlandia, el coste del intervencionismo de Trump en otros países es altísimo para sus aliados. Tanto el partido Conservador canadiense como los independentistas de la isla ártica están viendo como el ponerse la gorra MAGA les lleva a los márgenes del sistema.
En consecuencia, la democracia liberal se ha convertido en ese jarrón chino que molesta, que estorba, que si desaparece casi le hace un favor. Lo mismo puede decirse de los consensos internacionales acordados desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La conquista territorial vuelve a estar en el menú de las aspirantes a grandes potencias, y en esta ocasión ni siquiera necesitan molestarse en inventar una justificación jurídica, histórica, cultural, ideológica, religiosa o emancipadora. La única ley vigente en la Administración Trump es la que su voluntad carente moral marque hora a hora.

Durante su primer mandato se popularizó de nuevo la Teoría del Loco, aquella según la cual un líder transmite la imagen de ser irascible, imprevisible y carente de reglas con el fin de que sus adversarios no sepan a qué atenerse y eviten provocar involuntariamente la ira del “loco”. No obstante, en este revival cabe dudar genuinamente de la integridad psicológica del inquilino de la Casa Blanca. Su enfermiza e infantil obsesión con el Premio Nobel de la Paz, unida a sus ensoñaciones imperialistas —hoy, con Groenlandia— demuestran que demuestran que no estamos ante una estrategia calculada, sino ante un impulso errático que convierte la política exterior de la primera potencia mundial en un ejercicio de improvisación permanente. Y es precisamente esa imprevisibilidad —esa mezcla de narcisismo, resentimiento y pulsión autoritaria— la que está acelerando la erosión del orden internacional que Estados Unidos contribuyó a construir y del que tanto se ha beneficiado.
A un año de su regreso al poder, la sensación es que el mundo ha entrado en una fase de inestabilidad estructural. Las alianzas se resquebrajan, los compromisos se relativizan y la diplomacia se subordina al capricho del momento. Si algo nos enseñan estas 365 noches es que, cuando la potencia hegemónica renuncia a su propio marco de reglas, el vacío que deja no tarda en llenarse con ambiciones revisionistas, aventuras territoriales y una peligrosa normalización del uso de la fuerza, caminos que la fundación de la Unión Europea prometían cerrar.

El 20 de enero de 2025 se cumplieron 12.167 días desde el colapso de la Unión Soviética, el fin de la Guerra Fría y el inicio del mundo unipolar estadounidense. Durante esos 33 años y 4 meses, el andamiaje del orden liberal internacional se sostuvo sobre la premisa de que Estados Unidos, con todos sus defectos, actuaría como garante último de la estabilidad global. Ese supuesto permitió a Europa prosperar bajo un paraguas de seguridad ajeno, delegando en Washington la responsabilidad de contener a los revisionistas y de mantener abiertas las arterias del comercio mundial. Pero ese ciclo histórico parece haberse agotado. La potencia que durante décadas impuso límites, marcó líneas rojas y sostuvo equilibrios hoy es la que los difumina, los cuestiona o directamente los ignora.
Quizá por eso la frase atribuida a Lenin resuena hoy con tanta fuerza. Porque en este año —solo un año— hemos visto cómo décadas de arquitectura institucional, de equilibrios cuidadosamente construidos y de consensos laboriosamente negociados pueden empezar a desmoronarse en cuestión de semanas. Y lo más inquietante es que, si nada cambia, lo peor puede que aún no haya llegado.










¿La vía de segurle la corriente como a los locos puede tener resultados?